Fabián llegaba 10 minutos tarde. Él, por más que quisiera no era capaz de ser puntual, era algo que seguramente había sido creado para gente con más perseverancia, él desearía vivir sin relojes.
La puerta del bar se abrió, ya había llegado.
Ahí estaba él, protegiéndose de algún ataque invisible, desactivando sus sensores auditivos, desconectando su mente de posibles dudas, escudo automático, Mululu, ni pincho ni corto, ni fu ni fa.
- ¿Todo bien? – Le pregunté. El asintió con la cabeza, no sería uno de sus mejores días.
Mirando de un lado para otro Fabián esperaba que la camarera se fijara en él, en cambio, la deseada, solamente tenia ojos para su móvil, su actitud daba a entender que esperaba la llamada de alguien importante.
Los intereses de mi amigo dejaron de interesarme y decidí investigar la fauna del bar.
En la barra, sentados, tres hombres solitarios de edades comprendidas entre los 40 y 60 años. Ninguno hablaba, solo hojeaban diarios sin darle demasiada importancia a la lectura.
Uno bebía wisky, los otros dos cerveza, cualquier razón era buena para olvidar lo que uno nunca quiso vivir.
Una mujer se levanta y se dirige hacia la tragaperras, parece ser que hay alguien que busca suerte. La señora, de mediana edad, algo gorda, y con el rostro bastante descuidado se aproxima a la maquina y la acaricia como si de una persona se tratase. Pulsa el botón por primera vez, pero la maquina no daba el resultado que ella esperaba, había que invertir más dinero.
Mientras, un grupo de adolescentes hablaba del fin de semana anterior, me atrajo más la conversación y deje de atender al resto.
Eran dos chicas, cuyas risas, hacia rato que alegraban el ambiente del local, incluso una de ellas, también alegraba la vista de los asistentes con un tanga que se insinuaba cuidadosamente cada vez que se estiraba para tirar la ceniza de su cigarro. Fabián también se había dado cuenta, había empezado a mover los ojos, era un buen comienzo.
Detrás de ellas, en la otra punta de la mesa, un chico las acompañaba. En su camiseta se podía leer algo así como “Save the chicken”, quien sabe los problemas mentales que podría sufrir. Decidí llamarle Pollo, por aquello de que siempre acabas siendo lo último que imaginarias.
Cuando ya pensaba que me había quedado sin distracción, entró por la puerta el Dios Caracol.
El Dios Caracol era uno de esos personajes que todo el mundo conoce, la futura estatua de la plaza, el más, el mejor, el ser superior y el que no se ha llevado suficientes tortas y alguien tendría que ayudarle.
Se detuvo delante de la puerta anunciando su llegada, detrás de él su inseparable amigo, un pin, una lapa, una garrapata chupadora de sangre, la sangre que le dejaba su amo, claro. Empezó su particular desfile.
Primero saludó a los tres hombres de la barra y a la señora de la máquina, parada especial para dedicarle una sonrisa a la camarera, la cual le correspondió. Miró hacia delante, levantó la mano demostrando que nos había visto, pero paró en la mesa de los tres adolescentes.
Felicitó a Pollo por su camiseta, parece ser que Caracol se dedicaba ahora a homologar ropa.
Poco a poco, el Dios se hacía más grande, su lacayo le reía las gracias y los demás se deshacían en sus propias babas.
Era increíble, Pollo estaba loco, algo le ocurría al pobre animal, llevaba casi media hora con un tanga al lado y en cambio, su cara empezó a expresar nerviosismo cuando tenía más cerca al Dios Caracol, ¡salvad al pollo!, se podía leer ahora en su camiseta.
Incluso la camarera había dejado la vigilancia constate de su móvil. Los tres de la barra, ahora juntos, hablaban de él. La única persona que parecía no hacerle el más mínimo caso era la mujer de la máquina.
Mientras, Fabián miraba con aires de tristeza, él entró casi sin hacer ruido, nadie se dio cuenta de su presencia, ni la camarera, y eso que él era un cliente tan respetable como cualquier otro.
El sufrimiento duró poco, Dios Caracol se fue, y con él su inseparable pin, Pollo y las niñas del tanga.
Los tres de la barra ya no hablaban, la camarera sirvió a Fabián, y volvió con su móvil, la señora seguía jugando, todo volvió a la normalidad.
Caracol daba pena, alguien podría llamarlo envidia, pero nunca pude aguantar gente así, realmente el adjetivo era pena ¿a quien le gustaría vivir en una mentira a corto plazo y con tanto gilipollas chupándote el culo?