Me gustaba imaginarme conduciendo un deportivo, intentaba visualizar una bella mujer a mi lado, surcaba en mis bolsillos inmensos mares de billetes verdes, pero por mucho que lo quisiera siempre veía un astra del 95, dificultades para encontrar aquellos 20 euros que guardaba para emergencias y a Fabián acompañándome a poner gasolina.
Un día en los que hacía la inversión del la semana, llenaba el depósito, y luego devolvía a Fabián a su casa, decidí dar una vuelta. Había muchas cosas en mi vida que aun no tenían sentido. Ese día, desde mi despertar hasta ese mismo momento no había dejado de irritarme por diferentes personajes e inservibles situaciones. No podia entender que me ocurría.
Recordé aquellas palabras de un viejo amigo la vida es una carretera de baches.
Que gran verdad, vamos por la vida, que metafóricamente es una carretera, con sus curvas, a veces tan cerradas, con sus desniveles, en los cuales hay que esforzarse, y con sus marcas de frenadas en el suelo, que te avisan de algún peligro inminente si no procuramos un mínimo de atención.
Hay días que vas más rápido, porque tienes prisa por llegar a algún lugar, y corres el riesgo de que te multe la vida y luego te pasas días sufriendo por haber corrido tanto en esos momentos. Luego hay otros donde gusta mirar el paisaje y disfrutar del momento, días que el tiempo es más lento, días que la carretera es mas larga.
Te das cuenta de que hay quien vive en carreteras sin asfaltar, mientras otros van por autopistas de pago, y algunos por autovías de ocho carriles o caminos de carro llenos de obstáculos.
Siempre había deseado salir de aquella estúpida carretera y pasar a una mejor, una donde no me preocupase por la velocidad, pues seria siempre constante, una por la que se pudiesen ver más paisajes imborrables.
Aquel amigo me explicó, que en su carretera se había encontrado algunos baches, pero siempre conseguía salir de ellos. No me extrañaba, él en si era una persona extravagante, sacrificaba lo que más importaba por el placer o la emoción del momento, para él salir de los baches era tan fácil como ignorar el problema.
Para mí era muy diferente, hacía muchos años que vivía en un bache demasiado hondo. Seguramente era más difícil gracias a mi testarudez, no podía salir de aquel problema si realmente me había acomodado a él.
Mi bache consistía en tres grandes partes.
La primera, el futuro laboral.
Durante años me había dedicado a la informática y había creído encontrar una profesión que me llenaba. Todo esto significó algo hasta que me di cuenta de la gran verdad del gremio. Ahora necesitaba algo que realmente me recompensase, algo que me ayudase a soñar, algo que me dejara crecer.
La segunda, mi constancia.
Normalmente no había seguido una disciplina, siempre había establecido expectativas y me había refugiado en excusas varias. Mil ideas, mil intenciones, pero ninguna tenía su fin esperado, para ninguno de mis proyectos había conseguido encontrar un compromiso a largo tiempo.
El tercero, el amor.
Pues desde la aparición de la maldición de las EMES nunca había llegado a confiar en alguien para poder desarrollar ese sentimiento tan terapéutico para algunos.
Albert Einstein dijo: La imaginación es más importante que el conocimiento.
Pues por más que pensaba en ello nunca podía llegar a imaginarme algo mejor.
Después de mucho pensar, optaba por mirar las cosas de una manera diferente. Daba un golpe de gas a mi nuevo deportivo, podía ver a mi derecha una preciosidad de rubia melena que me sonreía. Bajaba las ventanillas y subía el volumen de la mejor música…cuando… ¡bache!
Normalmente la fantasía duraba poco, sobretodo con tantos baches en mi particular carretera.