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Un cafe, pistola y dos balas (Los Gnokis sobran)


2006
02.19

Para mi fue fácil llegar a la conclusión de que la indiferencia formaba parte de mí voluntad por ignorar y olvidar todo lo que había aprendido, y es que la formula mágica para llegar a un estado moral bajo era creer en la gente. Vivía el día a día pensando que conocía a alguien, creía, pensaba, confiaba… y luego me daba cuenta de que todo lo anterior no era cierto.


No tardaban en llegar esos errores humanos, la decepción, el odio, la tristeza, y empezaba a decir frases como, yo pensaba que no era así o yo confiaba en él o ella.

Recuerdo que un día había tenido una larga discusión con un  amigo. Aun no entendía bien su interés por dividir las personas en dos grupos, los que  pensaban como él y los que no.

Todo empezó cuando él comentó lo interesante que era leer libros de inteligencia emocional, mas concretamente del autor Jorge Méndez. Su particular ponencia se inicio preguntando cuantos de los presentes le habíamos leído, y la verdad yo no había sentido hablar nunca de él, y eso parecía ser un insulto injustificable.

 

Después de demostrar que todos los habitantes de la tierra eran unos incultos, siguió explicando su teoría, en la que gracias a esos libros, una persona podía llegar a ser feliz, lo cual era justamente lo que él era, y nosotros no.

 

Claro, ahí lo entendí todo, aquella persona no era feliz, simplemente necesitaba de la ayuda de otros para llegar a serlo. Sin un libro de auto ayuda no podía llegar a esa felicidad, transparente, que el tanto proclamaba, y por eso defendía su manera de pensar hasta la muerte. No quería herir su frágil capacidad de razonar y tome la decisión de callar, pero no me pude resistir cuando soltó la típica frase:


-Es que vosotros sois diferentes.


Evidentemente, si no fuera poco diferenciar por razas, colores, idiomas y culturas, ahora lo hacíamos por el grado de estupidez, entonces si, éramos diferentes.


Entendía que podían llegar a ser muy interesantes aquellos libros, yo había leído alguno, pero no íbamos a creer que cualquier inútil con la guía campsa se transformaba en un serpa tibetano.

 

Normalmente no discutía con mis amigos, es más, alguno de ellos, como Fabián, me relajaban con su eterna calma.

Un día, como cualquier otro, quedemos en un bar, para comentar la semana.

Solamente entrar una camarera de enormes pechos y cálida sonrisa me dio las buenas tardes, ¿quieres algo? Lo pensé dos veces, ¿de mi gran lista de deseos cual me cumpliría? ¿Cuál seria mi camino correcto? ¿Que nuevos problemas me podría traer fijarme durante mas tiempo en ella? Un café con hielo, gracias.
En aquel momento pensé que seguramente Jorge Méndez hubiese dicho, un café, una pistola y dos balas, típico de la inteligencia emocional.