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Beatriz


2006
07.14

Amsterdam Schiphol, ese era mi destino.

 

Tenía claro que un cambio de lugar iba a ser el comienzo de algo interesante, pero también encontraría a faltar a mis amigos, a la gente que me rodeaba día tras día, a mi despertar particular.

 

Nunca me habían gustado los aviones, de hecho lo pasaba bastante mal nada mas despegar. Era cuestión de segundos los síntomas singulares de mi pobre corazón. Latidos a la velocidad que la luz, sensación de ahogo y algo situado en la nuez que me subía y bajaba, mi propia enfermedad, la NEAG (No Estoy A Gusto).

 

Primer impulso y pasemos las nubes, del día gris a un sol radiante, nunca lo había visto así de exuberante, pensé que por fin se alegraba de verme en otro lugar que no fuese cerca de Mar o frustrado en mi pequeño cajón laboral.

Decidí relajarme mirando a la gente.


A mi derecha una pareja de recién casados. El nuevo marido aconsejaba a su querida mujer:

 

- Tranquila cari, esto será un momento, en breve se estabilizará el avión y dejaras de notar el mareo.

 

Sin querer se me escapó la risa. Nunca me había gustado el típico diminutivo “cari”, lo encontraba cursi, patético y facilón. ¿No hay una manera mejor de llamar a la persona que amas? Tuve una idea, cuando empezase mi nueva vida, adoptaría un perro, su nombre “cari”.


Cari, ven aquí.

Cari, siéntate.

Cari, ¿que no comes?

Cari, como te quiero…

 

A mi izquierda, otra pareja con un niño. El crío no hacia más que moverse y quejarse por todo. Los padres, agobiados, repetían sin cesar la típica frase que seguramente te deben enseñar en las formaciones prenatales, quédate quieto y pórtate bien.

 

Mientras, con una exquisita delicadeza, mi vecino del asiento siguiente, intentaba acomodarse aunque ello imposibilitara la circulación de mis piernas. Yo, para no ser menos y demostrarle mi cariño, le daba un masaje en la espalda basado en golpes con mis rodillas.

 

Estaba intranquilo, empezaba a ponerme nervioso aquel niño, la pareja y sus insistentes besos y el pesado de delante. Mi corazón se escapaba del cuerpo, la comida de ayer resurgía del pasado como si fuese el ave fénix, empezaba a notar los síntomas. Mire hacia el lavabo, necesitaba tenerlo controlado para mis emergencias.

 

Una, dos y tres, voy ahora. Pero no, la gente tiene poderes que desconoce totalmente. El lavabo de un avión puede estar vacío durante horas, aunque si es tu momento critico, se formaran colas inaguantables. Es algo así como una norma del viajante.
Tus necesidades naturales deben ofuscar a las necesidades vitales de otros.

 

Mi cara cambió al color del blanco nuclear, peor que un alvino asustado. Algo así tuvo que ver la azafata, ya que se acerco a mí y pregunto por mi estado.

 

-  En estos momentos no estoy bien, me siento algo mareado. – le dije.

- Si quiere puede acompañarme a la habitación de las azafatas, allí tal vez se encuentre mejor.

 

Acepte sin pensarlo, en aquel lugar no me pondría tan nervioso.


Una vez allí empezó nuestra conversación:

 

- ¿Como te llamas? – le pregunté.

- Beatriz

 

Mire a la azafata, en su rostro existía una sonrisa que dejaba clara la felicidad.

 

- Gracias por tu atención. Me pongo nervioso cuando estoy rodeado de tanta gente desconocida. Tú debes estar acostumbrada, ¿te gusta tu empleo?

- ¡Claro! Quería ser azafata desde pequeña, era mi única ilusión, simplemente me llena, además de…

- Te aseguro que admiro eso de una persona, es algo muy difícil de encontrar.

- A ver, volar me gusta, aunque no es lo más importante, tengo otras razones por las cuales seguir en este trabajo.

- ¿A sí, cuales?

-Desde pequeña sueño con tocar las estrellas, tengo claro que eso es algo imposible, así que decidí pasar la mayor parte de mí tiempo lo más cerca posible de ellas.

 

Sin querer, una leve sonrisa asomó en mi rostro.

 

- Pero Beatriz, eso no tiene ningún sentido. ¿Trabajas de azafata para estar más cerca de las estrellas? ¿No seria más coherente trabajar en un observatorio y así poder verlas cada día?

- Tal vez, pero prefiero tenerlas cerca en vez de verlas desde un telescopio.

 

Beatriz parecía segura de sus palabras. Me miro fijamente con cara de afirmación, ella lo tenía claro, esa era su verdad.

 

- Y tu, ¿a que te dedicas? – me preguntó.

- Yo era informático, pero ahora estoy sin trabajo, lo dejé para cambiar de aires y encontrar algo que realmente me motivase.

- ¡Ah! – exclamó como si se hubiera desvelado un gran secreto. – ¡Así que tu también tienes algún sueño escondido!

- Pues si, realmente busco algo que no existe, pero siento decirte que no vuelo para estar mas cerca de el.

 

Reímos los dos. En ese momento me di cuenta que no era tan absurdo el razonamiento de la azafata, realmente yo estaba haciendo lo mismo. Quería estar mas cerca o realizar algo que estaba buscando desde hacia mucho tiempo, y por eso había tomado la decisión de irme de mi pueblo.

Mire por la ventanilla, el mundo parecía muy pequeño desde allí. Pregunté a Beatriz:

 

-¿Tu crees que hay mucha mas gente como nosotros que arriesga su rutina para poder conseguir algo que tal vez ni exista?

- ¡Seguro! – respondió convencida – Aunque hay quien aun no se ha dado cuenta, pero finalmente acaban buscando lo que saben que les puede hacer felices. ¿Somos humanos no?

 

Aquella sencilla pregunta, que a simple vista parecía una afirmación, me había hecho pensar. ¿Somos humanos? En mi antigua vida existían personajes que tal vez tuvieran poco de humanos y mucho de cualquier otra cosa.


Algo me llamo la atención, a su derecha un libro se asomaba. Su titulo “Bea en las estrellas”. Le pregunté por él, aunque ella no quiso hablar.

 

El viaje había terminado, y gracias a Beatriz realmente había sido un placer. Me despedí de ella con dos besos y un deseo, que los dos conseguiríamos realizar nuestro sueño.